Constantemente me achacabas, de forma vejatoria, que me olía el coño. No podía dormir. No podía aliviar tus humillaciones y mis penas en la selva de los sueños. Me compré un desodorante vaginal para suavizar el olor. Te reiste y a continuación otra vez me humillaste como si fuera una muñeca de trapo.
Salí a las calles nocturnas de una ciudad que no fuera tan exigente. Mis lágrimas bailaban por mi cara. Y allí estaba la playa, el cielo negro, las olas, la espuma, el olor a sal ... Me desnudé y se acercó sigilosamente como una serpiente el habitual ladrón de bolsos. Mis ojos cerrados sentía como la lengua del ladrón se adentraba en mi cuerpo placenteramente. Cada noche iba a la caza del marinero turco que gozosamente entre las espumas nos uníamos.
Por las mañanas a la luz del día tú me preguntabas qué hacía por las noches. Yo sonreía y decía que me convertía en un gran pescado. Después te contaba la verdad que tú querías escuchar que corría por la playa deportivamente.
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