miércoles, 6 de julio de 2011

DESIERTO DE ARAL


Hacía más de un año que todos se habían ido. La ciudad se había quedado vacía y sólo quedabamos un reducto de lo que había sido la civilización. "Los últimos de Filipinas", me decía Amapola sonriendo sin saber lo que significaba aquella frase. Los sábados desaparecía en aquel enorme desierto que antaño fue un enorme mar. La espié y la perseguí en aquellas tierras de suelo salino y blanquecino hasta llegar a un buque en medio de la nada. Se llama "El Dorado". Era un petrolifero que se había encallado para la eternidad en aquel desierto. Amapola se prostituía con la tripulación por varios potes de conserva. Era de esa forma que consguía comida para las dos. Me dolió tanto aquel gesto tan valiente y digno que yo no lo hubiera hecho jamás. No le dije nada quería comer para sobrevivir aquel holocausto natural y me daba igual como se conseguía aquellas potes.

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