Lola era una de las mujeres más guapas de Nueva Orlens, cuando iba al barrio francés destacaba en todas las fiestas y todos los hombres querían acostarse con ella. Su piel negra con olor a madera recién regada por la lluvia y su pelo liso y largo y sus facciones de niña hacían de ella que fuera una santa viva entre tanto pecado suelto en aquella ciudad destruida por el huracán Katerina.
Lola iba cada noche a comer una hamburguesa en el McDonals, simplemente para ver aquel dependiente tan guapo y que en sueños deseaba ardientemente tenerlo entre los brazos. Aquella noche de humedad insoportable, de calor tropical se fue al lavabo y un grupo de niñas que se estaban maquillando como si fueran pájaros reales enjaulados. Miraron con rabia y celo aquella santa que entró. Tal era la mala sangre que no puedieron soportar la presencia de aquella belleza y comenzaron a insultarla por el hecho de ser guapa. Lola no quería guerra, sabía de sobra que la belleza era un valor efímero. Le arrancaron la ropa como un grupo de hienas hambrientas de carne y vieron con asombro que aquella mujer no era tal sino que era un hombre. El alborto fue grandioso y aquellos grillos saltaron por los paredes. Le arrancaron la ropa, las pestañas, las uñas, el pelo al final la pasearon sangrando por todo el local mientras aquel dependiente que Lola soñaba como ángel gravaba como era atacada y destruida como una cucaracha.
1 comentario:
En hora buena por tus ilustraciones, son muy buenas, además les acompaña un buen relato.
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