La verdad no me sorprendió cuando Franz, un holandés afincado en Barcelona desde mediados de los noventa, dijera que había quebrado la empresa de tatuadores de frutas. Ya no me interesó más por él, nos debía a toda la plantilla una singular suma que jamás no daría.
A la semana fui a la oficina de empleo, buen nombre para una oficina burocrática que es para pedir el subsidio de desempleo. No había madrugado y mi sorpresa fue la cola de gente que había para pedir lo mismo que yo. Era una hasco la espera, en sillas de plástico negro, en cuatro paredes pintadas de verde lima como si fuera esperanzador pedir un subsidio. Mientras en el altavos de una televisión de plasma llamaban a la gente por número, como estuviésemos en una carniceria de unos grandes almacenes, me centré en la mirada de todos los que me rodeaban. Gente anónima sentada, seria, mirando al receptor de televisión que saliera el correspondiente número. No había conversación entre nosotros, sólo una agónica espera. Hay que admitir que me dio pudor ir a la oficina. ¡Imaginaros que hay alguien que me reconoce! Pero dentro de esas paredes y dentro de ese vientre de parados eres un número más de la máquina insaciable del capitalismo.
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