Las bicicletas también se rompen. Aquella, cuando era niño, se rompió en aquel pueblo rodeado de viñas. Era veloz. Mi abuela cuando observó el destrozo causado no me dijo nada. No era mujer de pocas palabras, sino era un hombre que gobernaba la familia mal. Al día siguiente descubrí que aquella bicicleta no era mía sino que era de mi prima. Una prima que no conocía. Por supuesto y era evidente que mi abuela la había sustituido por otra de color rosa con lazos bien grandes y cesta de color verde pastel para que no subiera. Descaradamente me invitó a que subiera a esa bicicleta para jugar con mis amigos. Lo había planeado para que su nieto bruto se quedara viendo la monotonía de las viñas.
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