Habiamos estado dos años enteros en Filipinas, concretamente trabajando con mujeres del campo en las afueras de Manila, con la ONG Save the Forest Paper. Carla era la radical, aquella que se involucraba más en los proyectos, y que asumía de forma marcial todas las decisiones que venían de la organización tanto de Madrid como de Londres. Era un roble trabajando en cambio yo autocriticaba todo la organización, el sistema y también la dureza de como Carla trataba a las mujeres y chicas filipinas, que como jesuitas le inculcabamos ideales que a veces no comprendian. Muchas veces yo era como una rama que iba a quebrarse en un mundo que quieres salvar pero sólo le das medicamentos paliativos y adictos para no agonizar.
Salimos de Manila dirección Tokio a una covención. El contraste fue tan brutal y tan espectacular. Me encontraba como un parque de atracciones de luces de neón después de dos años de oscuridad total. Fuí con Carla a Nakameguro y entramos a un restaurante, allí nos enviaron a un reservado y más tarde después de hablar y hablar de nuestras pequeñas pasadas aventuras amorosas el camarero nos trajo un plato de sushi de ballena. Yo me escandalicé, se lo dije que cómo podía comer ballena si estaba prohibido.
- El único restaurante en todo Tokio que hacen sushi de ballena es este y no me lo voy a perder porque tu lo digas. Siempre que vengo a esta ciudad vengo a probar estos pequeños bocados de placer.
- ¡¡No me imaginaba haciendo esta barbaridad!!
- Me estás juzgando como si fuera Himler y sólo me estoy comiendo tres sushis de ballena.- Dijo irritada.
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