viernes, 8 de abril de 2011

ALEXANDERPLATZ


Mi padre Klaus, viudo desde hacía mucho tiempo, tenía un pequeño colmado cerca de la plaza Alexander Platz. Mi hermana era una chica despierta, demasiado despierta para los dieciochos años y a mí me trataban como si viviera en al borde de otro mundo. Para los dos ya les iba bien que yo no hablara y fuera muy tímida. Un día pasando por la calle ví mucha gente, en medio había una muchacha de mi edad que le había puesto un carte donde se podía leer "Cerda judía". Me quede helada. Todos estaban orgullosos de contemplar aquella escena desagrable. Me fui corriendo a mi casa y me senté el respaldo de la ventana, entre las cortinas. Pensaba en voz alta que si fuera yo ocultaría mi religión, veía con claridad que toda aquella gente no tenía mucho futuro en aquel país. Mi padre me estaba escuchando y replicó con voz autoritaria como siempre había hecho diciendome que todos habían de morir.

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