Al final del camino estaba la casa de madera de color rojo. La envolvía una niebla espesa. Rodeada de un bosque de robles de hojas amarillentas. Sabía muy bien quién vivía allí. Era un hombre que escribía sobre las vidas ajenas. Escribió sobre mí, de mi doble vida. Quería matarlo. Verlo entre mis manos y ahogado entre sus vómitos.
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